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César Vallejo y su vástago “Paco Yunque”

 

-¿Cómo se llama usted?

Con voz temblorosa, Paco respondió  muy bajito:

-Paco.

-¿Y su apellido? Diga usted todo su nombre.

-Paco Yunque señor.

-Muy bien.

(…)

Si bien el triste y solitario César Vallejo es uno de los sonetistas más grandes del siglo XX, por no decir el mejor, también es uno de los grandes narradores en prosa en cuanto al relato corto. Vallejo lo demuestra, ignorando claro, el colosal “Tungsteno”, otra de sus obras más estudiadas y leídas a lo largo del pasado siglo; por su estructura, por la forma y sobre todo por el tema que arraiga. “Paco Yunque”, la triste historia de un niño que llega por primera vez a una escuelita y siente un ambiente distinto al de su campo, de su sierra, de sus animales, topándose con una realidad malsana donde el hijo del patrón de sus padres se encuentra en el mismo año y salón donde el estudiará, humillándolo, llamándolo: “es mi muchacho” (sic) y golpeándolo con la simple excusa, de que su papá tiene dinero y es el gerente inglés de unos ferrocarriles y “nadie le gana en plata y poder”.

“Paco Yunque” es una historia que demuestra el despotismo gamonal hacia los indios, el racismo de la sociedad hacia las personas oriundas y netas del Perú, el clasismo, el temor de las gentes de clase media o mestizos a los señorones de dinero, de posición, de grandes puestos de poder, olvidando la pluralidad del país, ignorando el maltrato y desigualdad al prójimo, tratando mejor a éste y deplorando al indio.

César Vallejo vivió a principios del siglo XX, donde el maltrato al indio era mucho más notable y de gran barbarie que cuando lo fue después del nacimiento de José María Arguedas. Fueron dos realidades distintas y tiempos disconexos, donde el indio jugó un papel muy diferente. En el tiempo de Vallejo, el indio era sumiso, no pensaba en unirse a la alcurnia costeña, no pensaba en amestizarse, en llegar a la ciudad, cambiar su idioma, dejar el quechua y aprender el castellano, dejar sus costumbres para que “tengan un mejor futuro”. Con Arguedas fue distinto. Éste luchaba para que el indio no cambie su idiosincrasia total, no se amestize, no migre a la capital, a la costa, no deje su idioma, religión, costumbres. ¿Porqué? Porque los indios, tenían otra perspectiva ideológica, un nuevo paradigma de vida, muy diferente al de los tiempos de Vallejo, donde no esperaban nada. Los indios ahora pensaban unirse a la alcurnia costeña, llegar a la ciudad, dejar el quechua y ser hispanos, alienarse. Aunque eran igual de sumisos que antaño, algunos eran revolucionarios, querían hacerse respetar, ser de la costa.

Vallejo escribió este cuento con un final triste, porque el indio pierde en todo el sentido escrito y real (por eso digo que los tiempos fueron diferentes, el indio nunca respondía o se revelaba, como en el caso de Arguedas, donde el indio era un revolucionario, donde quería ser un costeño, para poder ser mejor.) y no gana nunca.

Paco Yunque termina llorando, sin su trabajo colegial que le mandó a realizar su profesor, golpeado y con miedo de que cuando salga de la escuela, el niño Humberto Grive lo agarre a puntapiés o lo haga actuar como un perro.  Esta obra fue rechazado por un editor que pidió a César Vallejo un cuento para niños, pero cuando fue terminado en Madrid, el año 1931, según Georgette Vallejo, esposa del vate, el editor no lo publicó por ser una historia demasiada triste. Finalmente se publicaría de forma póstuma, junto a una antología de cuentos y ensayos. Creo que no existe ni un peruano que no haya leído este relato en su etapa escolar o por la fuerza de su mamá.

El relato comienza cuando el niño Paco Yunque es enviado al colegio en su primer día de clases para él. No sabemos si la escuelita está situada en la costa o la sierra, pues el autor no la describe. Paco Yunque es un niño del campo, de la serranía, hijo de la sirvienta del papá de Humberto Grive. Precisamente, la razón por la que Paco va a la escuela, es para acompañar a Humberto Grive,  pedido del papá de éste,  gerente inglés de los ferrocarriles Peruvian Corporation. Desde la llegada de Paco Yunque a la escuela, se enfrenta a la hostilidad de un lugar nada parecido al de su campo. Nunca había visto tantos niños en su vida, tantas personas hablar al mismo tiempo, generalmente en la serranía, Paco escuchaba hablar uno por uno a las gentes y muy rara vez de dos en dos. Cuando ingresa al salón, conoce a un tocayo, llamado Paco Fariña, que lo sienta junto a él y lo presenta al profesor y a la clase, quien sería como su protector ante el abuso de Humberto Grive. Una vez comenzada la clase, aparece muy tarde el hijo del gerente inglés, que dice con toda sorna al profesor que llegó tarde porque se quedó dormido. Se acerca a su asiento sin ser castigado y caminando como burlándose de todos. Cuando ve a Paco Yunque lo jalonea y le dice ven a mi lado que “eres mi muchacho”. El profesor tolera o minimiza las acciones de Grive, pero cuando llega tarde al salón otro chico (hijo de un albañil) al igual que Humberto Grive, explicándole al profesor que se quedó ayudando a su madre enferma y comprando el pan para sus hermanitos, el profesor lo castiga delante de todos los alumnos; muy a pesar de que Paco Fariña reclama que Grive también merece un castigo, el profesor lo ignora.

Esta impunidad se refleja más adelante cuando Grive golpea, a costas del profesor, a Paco Yunque y lo hace llorar, él dice ser inocente y el maestro le cree.  En el recreo, Grive jala a un costado a Paco Yunque y lo convierte en su caballo o perro, lo cabalga y le da puntapiés. En un examen, el profesor dicta un cuestionario sobre los peces, mientras todos escriben y resuelven el tema, Grive se pone a garabatear, a dibujar, a molestar a Paco Yunque. En un descuido, Grive sustrae el examen de Paco y le cambia de nombre. Al momento de la entrega, Paco no sabe cómo explicar la desaparición de su examen, es descalificado y amonestado con reclusión. Grive que entrega el examen de Paco, sale como el ganador, obtiene la más alta nota y su nombre queda registrado en el cuadro de honor del colegio, fue el mejor trabajo. Paco triste, impotente por la injusticia, se limita a llorar, mientras que su amigo Paco Fariña trata de consolarlo.

Como se puede comprender, el relato está lleno de abusos, de impunidad hacia los adinerados o gamonales y con cuestionamientos a los indios por su raza o nivel social. Es un sistema clasista que atormenta a Vallejo y lo refleja en papel, sacando los demonios que atormentan su espíritu y el de la sociedad.

La simbiosis de los niños es un reflejo de una realidad existente hasta hoy, de los de poder y de los pobres. No solo se trata de indio y blanco, en la coyuntura mundial, ahora se ha mudado al rico y podre. Este relato es una denuncia social contra la jerarquía superior que abusa de sus subordinados. Vallejo no trata de narrar una historia, sino de reflejar un hecho, probar una idea, concientizar a las gentes de una realidad viva como una llaga fresca a la cual le cae unas gotas de limón. Esta simbiosis social no siempre es equitativa. El abuso físico coloca al todopoderoso contra el humilde, bajoneándolo, opacándolo, reduciéndolo. Y el humilde no puede contra esta fuerza, teme, llora y piensa para sus adentros, nada más. Un final triste que dibuja una realidad no deseada por las gentes en la conciencia plural del Perú, donde Vallejo con diestra pluma y pasión transcribió al papel con astucia y detalle la ignominia del poder.

(…)

Paco Fariña se agacho a mirar la cara de Paco Yunque y le vio que estaba llorando. Entonces le consoló, diciéndole:

-¡Déjalo! ¡No llores! ¡Déjalo! ¡No tengas pena! ¡Vamos a jugar con mi tablero! ¡Tiene torres negras! ¡Déjalo! ¡Yo te regalo mi tablero! ¡No seas zonzo! ¡Ya no llores!

Pero Paco Yunque seguía llorando agachado.   (Fin)

Autor: Joel Maldonado Pizarro